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A EE UU no le interesa tanto quedarse con el crudo venezolano como quitárselo a los chinos y a los rusos
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El apetito de Donald Trump por el crudo venezolano ha puesto de moda un recurso cuya fama había entrado en decadencia, pero que sigue siendo, y será aún muchos años, imprescindible. El interés del presidente de EE UU por inundar el mercado de petróleo atiende a razones más ideológicas que económicas y condena a Venezuela a perpetuar la maldición de los recursos naturales.
Las reservas de Venezuela son de un crudo extrapesado y ácido, lo que requiere mezclas o mejoras, un refinado complejo con una inversión masiva. Además, el sector necesita de la reconstrucción de las infraestructuras, desde la planta hasta el oleoducto, poniendo en duda la rentabilidad de la operación. El golpe se da en un momento en el que el mercado mundial del petróleo está bien abastecido, en gran parte por EE UU, y con la expectativa de que se alcance el pico de la demanda en China y se estanque el consumo. Poner en el mercado millones de barriles venezolanos podría bajar aún más los precios, afectando a la producción del fracking americano, muy sensible a las cotizaciones.
Pero, aunque EE UU no es un país de la OPEP, actúa en connivencia con Arabia Saudí para concertar precios con el mismo resultado, según asegura una fuente que durante años ha estado en la cúspide del comercio de energías fósiles en una multinacional y prefiere no revelar su nombre. El nivel de precios alrededor de 60 dólares es suficiente para mantener el fracking y para que la mayoría de los países productores tengan también márgenes suficientes.
Cuantas más reservas tenga EE UU bajo su control -ya es el primer productor del mundo de energía-, más palancas tiene para negociar con los saudíes. Estos han encontrado en el mercado estadounidense el lugar perfecto para invertir sus petrodólares sin las pegas que les están poniendo algunos Gobiernos occidentales.
En una de sus primeras giras en el extranjero, Trump visitó Arabia Saudí, un país puesto en cuarentena por la mayoría de los socios occidentales tras el asesinato del periodista Kashoggi. En noviembre, fue el príncipe el que visitó la Casa Blanca, donde Trump dijo que lo de que se te muera un preso en una embajada son cosas que pasan y pelillos a la mar. Y se anuncian a continuación las inversiones milmillonarias.
La sintonía extrema entre los dos dirigentes marca la estabilidad de los precios del petróleo en un nivel en el que ambos actores están cómodos. Trump no puede abrir y cerrar el grifo como hacen los petro-Estados, pero sí puede controlar la producción de shale oil y gas con la concesión de licencias. La perforación del fracking es muy capilar, y los puntos se agotan rápidamente, así que la renovación o concesión de licencias es un continuo.
Gracias a la facilidad para explotar el shale gas, en 2012, EE UU ya producía más gas que Rusia. La pérdida de cuota exportadora que comenzaron a sufrir los países de la OPEP llevó a la organización, a instancias de Arabia Saudí, a tomar una decisión contraintuitiva. Aumentaron la producción en un contexto ya de sobreoferta para hundir los precios. Para 2014, el barril de Brent estaba en 30 dólares, cuando el fracking entra en punto de equilibrio en 55 dólares.
Decenas de compañías quebraron en EE UU, incapaces de seguir perforando a esos precios. Este actual entendimiento con los saudíes es necesario para la supervivencia de la “energy dominance” bajo la que Trump pivota su mandato (en parte empujado por las necesidad de energía que demandará la inteligencia artificial).
Además, el reparto de las reservas entre las petroleras estadounidenses imprime fortaleza a un sector que es un aliado histórico de los republicanos. Las cotizaciones de las petroleras no recogen en precio solo sus beneficios presentes. También cotizan la cantidad de reservas que son rentables de explotar al precio actual (aunque luego no se trabajen). Cuanto más alto es el precio del crudo, más reservas rentables afloran.
Si las petroleras americanas se pueden apuntar las reservas venezolanas, su valor subirá aún más en Bolsa. Trump llegó en 2017 a la Casa Blanca aupado por las donaciones de los señores del petróleo, que por edad y cultura son sus auténticos bros, no las tecnológicas. Los Estados con más voto republicano tienen además una alta exposición al negocio del petróleo.
El petróleo venezolano tiene aplicaciones que no tienen otros crudos y que a EE UU le hacen mucha falta, como la fabricación de asfalto. Estados Unidos tiene la mejor infraestructura para trabajar precisamente estos crudos pesados y sacarles rentabilidad (España también). El crudo bueno, el ligero, obligaría a rehacer el diseño de las plantas, que ya están preparadas para refinar el crudo pesado.
Otra motivación, más política, la ofrece Pauline Heinrichs, profesora de energía y seguridad climática en el King’s College de Londres. “A menudo se da por sentado que los actores individuales son racionales. No tienen porqué serlo”, dice la investigadora. “Cuando un actor se siente amenazado, débil o en crisis, cuando su poder se ve desafiado, reacciona recurriendo a la fantasía para mantener la ilusión de control, incluso cuando eso socava su seguridad material. Trump es un hombre mayor y Estados Unidos está en declive, lo que constituye una fuente de inseguridad. La apuesta por el petróleo es un mecanismo de respuesta inadaptado”, concluye.
Volver a los combustibles fósiles es una forma de retroceder en el tiempo a una época en la que Estados Unidos iba en ascenso.
Además, varias fuentes enmarcan la operación en un movimiento totalmente defensivo. A Trump no le interesa tanto quedarse con el crudo venezolano como quitárselo a los chinos y a los rusos.
Esta última razón, puede ser la primera. Lo importante es que en todas salen ganando los intereses trumpistas.
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