“Cuéntame un cuento”. Los niños pequeños del siglo XXI nos siguen pidiendo que les contemos historias. No es casualidad. Hay un origen antropológico en la atracción que sentimos por los relatos. El ser humano evolucionó tomando decisiones en entornos de incertidumbre extrema, donde los datos eran escasos y las historias eran la única brújula disponible.
La concentración de los índices no es necesariamente una señal de error, pero sí una advertencia conocida
“Cuéntame un cuento”. Los niños pequeños del siglo XXI nos siguen pidiendo que les contemos historias. No es casualidad. Hay un origen antropológico en la atracción que sentimos por los relatos. El ser humano evolucionó tomando decisiones en entornos de incertidumbre extrema, donde los datos eran escasos y las historias eran la única brújula disponible.
Durante miles de años, nuestros lejanos antepasados no aprendieron a evitar el peligro con probabilidades, sino con relatos. Decir “hay un 33% de probabilidad de que el león ataque” no sirve. Contar la historia de “el cazador que murió por acercarse al río”, sí. Quien entendía la historia, sobrevivía.
La historia favorita del ser humano no es la que mejor explica la realidad, sino la que la hace comprensible. Por eso los mercados, una y otra vez, se enamoran de narrativas. El mundo ha evolucionado, pero el cerebro sigue funcionando igual. No es una anomalía que los mercados financieros se muevan por relatos: es su estado natural.
Todos los niños pequeños tienen un cuento favorito que les gusta escuchar hasta la saciedad. Y, de repente, un día se aburren y quieren otro. Algo muy parecido ocurre con los mercados. Un día el relato dominante es el stay at home durante la covid; otro, la sostenibilidad; después el YOLO; hoy, la inteligencia artificial. Mientras el cuento sigue siendo el favorito de muchos, la mejor estrategia de inversión suele ser abrazar el relato. De poco sirve señalar incoherencias o advertir de excesos: en los cuentos, vale todo. Incluso los unicornios que vuelan y hablan.
Lo difícil es saber cuándo el cuento deja de gustar. (Con los niños pequeños a veces es un alivio). Aún peor es que nos arruinen un buen cuento con un mal final.
En los mercados, el cuento favorito de los últimos años tiene nombre propio: inteligencia artificial. Como ocurre con todas las buenas historias, empezó con un fundamento real –una disrupción tecnológica de enorme potencial– y fue creciendo hasta ocupar casi todo el escenario. Hoy, una parte relevante de la rentabilidad de los principales índices descansa en muy pocos protagonistas. La concentración no es necesariamente una señal de error inmediato, pero sí una advertencia conocida: cuando demasiadas expectativas se acumulan en los mismos nombres, el final del cuento importa tanto como el principio. Y las valoraciones, en algunos casos, ya no descuentan solo un buen desenlace, sino uno casi perfecto.
En este arranque de 2026, en el que los activos de riesgo han continuado exhibiendo un excelente comportamiento, empiezan a aparecer algunas señales de que el cuento de la IA comienza a cansar al mercado, sin que ello signifique que el cuento no sea bueno.
Un ejemplo reciente lo ilustra con claridad. Esta misma semana, Microsoft –que ha consolidado una posición estratégica de liderazgo en el ecosistema global de la inteligencia artificial a través de su participación del 27% en OpenAI y su tecnología puntera en la nube– ha presentado unos resultados trimestrales excepcionales, batiendo ampliamente las expectativas tanto de ingresos como de beneficios y anunciando unas perspectivas de crecimiento muy robustas para su negocio en la nube. Aun así, su cotización sufrió un castigo cercano al 10%, una de las mayores caídas en años, borrando casi 400.000 millones de dólares de capitalización bursátil. El motivo fue la cautela de los inversores ante el enorme gasto de capital ligado a la IA, que despertó dudas sobre el ritmo y la eficiencia con la que ese capex podrá traducirse en retornos sostenibles.
Mientras tanto, fuera del foco narrativo dominante, el mercado sigue ofreciendo oportunidades. Japón, los mercados emergentes y Europa registran alzas generalizadas en el primer mes del año. Incluso en EE UU, las pequeñas compañías –muy castigadas en los últimos ejercicios– acumulan rentabilidades cercanas al 8%. Sectores, geografías y compañías alejadas del relato de moda continúan generando beneficios, flujos de caja y rentabilidades razonables. La paradoja es conocida: cuanto más absorbente es un relato, más fácil resulta ignorar lo que sucede en los márgenes.
A este posible –y aún por confirmar– cambio de guion se suma un elemento que ha pasado de telón de fondo a actor principal: la geopolítica. En un mundo fragmentado, con cadenas de suministro redefiniéndose y tensiones persistentes entre bloques, la política internacional se ha convertido en la nueva macro. No siempre altera el argumento central, pero condiciona el ritmo, el tono y, sobre todo, los desenlaces posibles.
Aterrizando todos estos elementos en una gestión prudente de carteras, no es casual que empiece a ganar fuerza un nuevo relato en los mercados: el llamado broadening, o ensanchamiento del mercado. La idea de que el crecimiento de los beneficios y la oportunidades de inversión puede –y quizá debe– ampliarse más allá de un puñado de nombres y temáticas. Incluso como consecuencia de que la inteligencia artificial empiece a permear y a ofrecer ventajas de eficiencia en otras industrias.
Con un entorno macroeconómico de crecimiento razonable en la mayoría de las regiones, una inflación contenida y beneficios empresariales sólidos, el mercado actual no carece de oportunidades; lo que escasea es la paciencia para buscarlas fuera del relato dominante. En un contexto de elevada concentración, geopolítica estructural y valoraciones exigentes, ampliar el foco y centrar la inversión en una diversificación adecuada se convierte en una necesidad.
Aceptar que los cuentos cambian permite invertir con menos dependencia del consenso y con mayor margen para el error. Porque la experiencia recuerda que invertir no consiste en acertar la historia de moda, sino en construir carteras capaces de sobrevivir cuando el relato cambia. Hoy, más que nunca, el mercado exige distinguir entre buenas historias y buenos precios, entre disrupción y rentabilidad, entre promesas y retornos. Porque los cuentos seguirán cambiando. Lo verdaderamente decisivo para el inversor no es anticipar cuál será el próximo relato dominante, sino construir carteras que no dependan de un único final.
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