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‘Bye, bye’, (actual) Unión Europea

¿Están los partidos políticos españoles preparados para el bloqueo de la Unión Europea como institución y el surgimiento de una reorganización de algunos países europeos entorno a otro modelo y otros objetivos, aun manteniendo la UE? ¡Si hasta Trump se ha dado cuenta de que “Europa va en la dirección equivocada”! Por ejemplo, al votar su Parlamento contra el acuerdo con Mercosur y ser incapaz de reaccionar ante el reordenamiento estratégico mundial impuesto por el nuevo Nerón que, al parecer, no necesita de ningún Séneca.

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 El bloque necesita, urgente, una refundación  

¿Están los partidos políticos españoles preparados para el bloqueo de la Unión Europea como institución y el surgimiento de una reorganización de algunos países europeos entorno a otro modelo y otros objetivos, aun manteniendo la UE? ¡Si hasta Trump se ha dado cuenta de que “Europa va en la dirección equivocada”! Por ejemplo, al votar su Parlamento contra el acuerdo con Mercosur y ser incapaz de reaccionar ante el reordenamiento estratégico mundial impuesto por el nuevo Nerón que, al parecer, no necesita de ningún Séneca.

El mayor terremoto que empieza a afectarnos como país es pertenecer a una Unión Europea diseñada en otro momento de la historia, para otro mundo y que se ha quedado pedaleando en el aire en un nuevo mundo donde ya no rigen las reglas que le dieron origen y sentido. Una Unión Europea incapaz de poner en marcha en tiempo adecuado las hojas de ruta establecidas en los informes de Letta y Draghi, única manera de hacer valer su potencial cuando todo lo que se valora ahora es la fuerza (y no solo la militar). Una Unión Europea que está provocando desafección creciente entre los ciudadanos europeos, que la canalizan en el ascenso de los partidos de extrema derecha que quieren menos Europa lejana y burocrática y piden más nación patria.

Tras la desaparición de un orden internacional basado en reglas, instituciones, respeto a la soberanía nacional, cooperación pacífica y tendencia al libre comercio, para el actual neoimperialismo -definido por la fuerza unilateral, el deterioro de la democracia y el empuje de unas empresas tecnológicas globales que están rediseñando las sociedades a partir de su control plutocrático de las redes de comunicación y los datos personales-, la actual Unión Europea -a medio camino entre lo que fue necesario y lo que debe ser- se ha convertido en un lastre, como ya dejó claro la Administración americana en su Estrategia de Seguridad Nacional; y se ha vuelto un impedimento, por sus normas y reglas, para el despliegue del poder totalitario de las empresas feudotecnológicas que mandan hoy.

La fuerza militar se ha situado, de nuevo, como pieza estratégica de la defensa de nuestro modelo democrático, y no estamos a la altura de nuestras dos principales amenazas, que hoy proceden de Putin y, sobre todo, de Trump, quien ha roto décadas de cooperación transatlántica que han dado forma a lo que conocíamos como Occidente.

El orden internacional ha cambiado de manera irreversible en apenas un año y los actuales marcos institucionales europeos están superados y no encuentran su sitio en ninguna de las zonas de influencias, incluso tecnológicas, en que Trump, Putin y Xi están repartiendo el mundo, sin temor a utilizar sus potenciales militares de acuerdo con el imperio de la fuerza que se está restaurando hasta el punto de relativizar el, hasta ahora, sacrosanto principio de soberanía nacional, como hemos visto. En primer lugar, por cómo las big tech lo han roto hasta situarse por encima de él y, en terreno clásico, en Venezuela, en la amenaza sobre Groenlandia o en el reconocimiento de la capacidad de injerir en la política interna de Europa apoyando a la extrema derecha, que se autootorga USA en su nuevo Plan de Seguridad Nacional, aceptando la invasión de Ucrania y, veremos, la reacción de China ante Taiwán.

En ese contexto, la UE carece de fuerza militar y está siendo incapaz de utilizar su fuerza económica avanzando en la unidad de mercados como piden Letta y Draghi. Cada vez más se constata que, si los principales países europeos quieren dar el salto cualitativo multidireccional, necesario para no desaparecer aplastados por las grandes potencias, deben crear espacios nuevos de cooperación intergubernamental al margen de la actual Unión Europea, o no llegarán a tiempo. Yendo, incluso, más allá en esos nuevos espacios de cooperación de una Unión Europea a varias velocidades o de geometría variable. Como señaló el primer ministro de Canadá en Davos: coaliciones de países que se junten para perseguir objetivos compartidos. Sobre todo, cuando se constata que la política de apaciguamiento no funciona con Trump, como tampoco lo hizo, en su momento, con Hitler.

¿Por qué no está este debate en España con la importancia nacional que tiene?

El informe de análisis de riesgos elaborado este año para la reunión de Davos resalta, encubierto bajo el eufemismo de “incertidumbre máxima”, el temor que genera un personaje como Trump, convertido en el principal riesgo para el mundo. Y desglosa, a corto plazo, tres asuntos principales: confrontación geoeconómica, sin descartar conflictos armados con base nacional (¿adiós a la OTAN?); desinformación, por lo que deteriora la democracia por su conexión con los riesgos de una tecnología sin control, como pretenden las principales empresas aliadas de Trump y, por último, el riesgo de la polarización, afianzada en una desigualdad social y entre países, que el Banco Mundial también anticipa para 2026, sobre todo, cuando menciona los problemas que los países emergentes tendrán para incorporar a sus mercados laborales a 1.200 millones de jóvenes en la próxima década, y su incidencia sobre la migración. En esta línea, Larry Fink, jefe de BlackRock, reconoció que el capitalismo tiene una crisis de legitimidad por haber excluido de la prosperidad a demasiadas personas en el mundo. Y eso, antes del despliegue masivo de la IA.

Los riesgos climáticos siguen siendo los más destacados a largo plazo. Con dos matices no menores: a los diez años de la firma del Acuerdo de París, las emisiones globales no han dejado de crecer y, de hecho, hemos asistido a los diez años más cálidos desde que hay registros. Y ello, por dos razones: no se está cumpliendo lo allí aprobado: si los países que han presentado planes de reducción, los cumplieran, las emisiones se reducirían un 12% para 2035, cuando el objetivo era que lo hicieran un 60%. Segunda: los tres principales emisores mundiales, China, USA y Rusia, que superan la mitad del total, se han desvinculado del Tratado.

Europa necesita, urgente, una refundación. ¿Estamos preparados?

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