Preocupados por la audiencia de un programa autonómico en el que trabajé hace años, desde Madrid, origen de la productora, enviaron un equipo a reflotarlo. No les parecía justificación que nos enfrentásemos a Sálvame y la entonces todopoderosa Amar en tiempos revueltos. Tampoco que por contrato tuviésemos que incluir contenidos de servicio público. No es que las campañas de vacunación del herpes zóster o el Centro de Interpretación del Urogallo no sean interesantes, pero cuando a un zapeo tienes a Paqui La Coles narrando su thriller erótico con Víctor Janeiro, cuesta interesarte por las bondades autonómicas.
Hay profesionales de la televisión que son taimados, acechantes, crueles; son tan listos que siempre consiguen salirse con la suya
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Hay profesionales de la televisión que son taimados, acechantes, crueles; son tan listos que siempre consiguen salirse con la suya


Preocupados por la audiencia de un programa autonómico en el que trabajé hace años, desde Madrid, origen de la productora, enviaron un equipo a reflotarlo. No les parecía justificación que nos enfrentásemos a Sálvamey la entonces todopoderosa Amar en tiempos revueltos. Tampoco que por contrato tuviésemos que incluir contenidos de servicio público. No es que las campañas de vacunación del herpes zóster o el Centro de Interpretación del Urogallo no sean interesantes, pero cuando a un zapeo tienes a Paqui La Coles narrando su thriller erótico con Víctor Janeiro, cuesta interesarte por las bondades autonómicas.
Su primera medida fue apelar al “factor humano”. Buscaron la noticia más dramática, un joven desaparecido, y sentaron a su madre en el plató. “Acerca más la cámara”, azuzaban desde realización, y la cámara buceaba en las lágrimas de aquella mujer devastada que exigía información mientras la presentadora luchaba por conjugar su profesionalidad con la voz que a través del pinganillo exigía dolor. Como era periodista, de verdad, no solo de título, no quería hostigar, quería informar. Sacó adelante el programa y juró que no volvería a hacer aquello jamás. Y no lo hizo.
Nunca he esperado más ansiosa una curva de audiencia. Fue inequívoca; durante la entrevista se desplomó. Nuestra audiencia, discreta, pero estable, no había respondido al “factor humano” y yo pocas veces me he sentido más orgullosa de un grupo de desconocidos. El equipo de profesionales, a cuyos jefes a veces me encuentro en los créditos de formatos de Mediaset, se volvió a Madrid sin poder entender a un público que no se dejaba seducir por el morbo. Tampoco por los urogallos, lo que nos llevó a la cancelación meses después.
Valoro aún más a aquella gente que rechazó la basura que le ofrecimos cuando veo los datos de programas que se nutren de ese supuesto “factor humano” que no puede ser más deshumanizador. Espacios en los que, ante personas aturdidas por el sufrimiento, solo ven share y porcentajes que lucirfrente a sus anunciantes. Esos que, como dijo Quequé, tienen todas las respuestas, incluso antes de que se formulen las preguntas, y les brilla el colmillo mientras te advierten que vas a ver imágenes perturbadoras. Quequé solo se equivocó en una letra. No son bobos, son lobos; no de los reales, los animales desconocen la indignidad, sino de los que nos ha dibujado la ficción: taimados, acechantes, crueles, pero nunca bobos; son tan listos que siempre consiguen salirse con la suya. Miren si no, quién ha tenido que dar un paso atrás y quién sigue esparciendo ponzoña.
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