Arbeloa debutó como entrenador del Real Madrid tras un solo entrenamiento contra el Albacete con mal pie. Llegó sin tiempo para un partido a vida o muerte en los octavos de final de la Copa del Rey, lejos del Bernabéu y frente a un rival teóricamente menor. El resultado fue una eliminación prematura, dolorosa y difícil de digerir: derrota por 3-2 ante el Albacete Balompié. El peor de los escenarios posibles para un entrenador que se estrenaba con el foco encima y con el crédito aún por construir.
El desarrollo del partido confirmó los temores que rodeaban al equipo. El Real Madrid no encontró ventajas, ni desde el talento individual ni desde el juego colectivo. No hubo continuidad con balón, ni mecanismos claros para someter al rival, ni ese punto de superioridad que suele aparecer incluso en noches torcidas. La diferencia de categoría no se notó en ningún momento, y el Albacete, situado en la zona baja de su clasificación, compitió sin complejos, como si el peso del partido estuviera en el otro lado. Y lo estaba.
El cambio de entrenador no provocó una reacción inmediata en los futbolistas. No hubo un impulso reconocible, ni una respuesta emocional que alterara la dinámica reciente del equipo. El Real Madrid venía de perder la final de la Supercopa y, en apenas cuatro días, se despidió también de la Copa. Dos golpes consecutivos que estrechan el margen de error y reducen el calendario de objetivos. Con la eliminación, solo quedan Liga y Champions como vías para sostener la temporada, una exigencia máxima que contrasta con la fragilidad mostrada sobre el césped.
Arbeloa, tranquilo
Arbeloa, mientras tanto, vivió el encuentro desde la contención. No mostró emociones visibles en el área técnica, ni en los goles a favor ni en los tantos encajados. De pie, serio, manos en los bolsillos, transmitió una imagen de control exterior que no siempre se correspondía con lo que sucedía en el campo. Fue un debut sin gestos, sin excesos y sin señales externas de nerviosismo, pero también sin la energía que a veces acompaña a los estrenos y que puede contagiar al grupo en situaciones límite.
La escena se repitió durante todo el partido. El gol definitivo del Albacete, en el tramo final, terminó por sellar la eliminación y dejó una sensación de vacío competitivo difícil de esconder. No hubo tiempo para corregir, ni para ajustar sobre la marcha con la tranquilidad que concede un proceso más largo. El estreno fue directo al hueso.
En El Chiringuito, la eliminación se vivió de manera apasionada y un poco escéptica, de no creer lo que pasaba.
El futuro
El Madrid afronta ahora una secuencia de partidos exigentes, con menos margen de error que nunca y con la obligación de reconstruirse en pleno calendario. Arbeloa deberá trabajar sobre la marcha, ajustar piezas, recuperar sensaciones y encontrar una identidad competitiva que no apareció en su estreno. El diagnóstico inicial es severo, pero también incompleto: un solo entrenamiento no define a un entrenador, aunque sí puede marcar el tono de su llegada.
El debut fue áspero, incómodo y frustrante. Un inicio que no concede tregua y que sitúa a Arbeloa ante el desafío más complejo posible: reconstruir al Real Madrid sin tiempo, sin títulos recientes y con la presión de no fallar. La Copa ya no está. El margen se ha reducido.
El equipo de Álvaro Arbeloa fue incapaz de ganar a un rival de categoría inferior en un partido decepcionante
Arbeloa debutó como entrenador del Real Madrid tras un solo entrenamiento contra el Albacete con mal pie. Llegó sin tiempo para un partido a vida o muerte en los octavos de final de la Copa del Rey, lejos del Bernabéu y frente a un rival teóricamente menor. El resultado fue una eliminación prematura, dolorosa y difícil de digerir: derrota por 3-2 ante el Albacete Balompié. El peor de los escenarios posibles para un entrenador que se estrenaba con el foco encima y con el crédito aún por construir.
El desarrollo del partido confirmó los temores que rodeaban al equipo. El Real Madrid no encontró ventajas, ni desde el talento individual ni desde el juego colectivo. No hubo continuidad con balón, ni mecanismos claros para someter al rival, ni ese punto de superioridad que suele aparecer incluso en noches torcidas. La diferencia de categoría no se notó en ningún momento, y el Albacete, situado en la zona baja de su clasificación, compitió sin complejos, como si el peso del partido estuviera en el otro lado. Y lo estaba.
El cambio de entrenador no provocó una reacción inmediata en los futbolistas. No hubo un impulso reconocible, ni una respuesta emocional que alterara la dinámica reciente del equipo. El Real Madrid venía de perder la final de la Supercopa y, en apenas cuatro días, se despidió también de la Copa. Dos golpes consecutivos que estrechan el margen de error y reducen el calendario de objetivos. Con la eliminación, solo quedan Liga y Champions como vías para sostener la temporada, una exigencia máxima que contrasta con la fragilidad mostrada sobre el césped.
Arbeloa, tranquilo
Arbeloa, mientras tanto, vivió el encuentro desde la contención. No mostró emociones visibles en el área técnica, ni en los goles a favor ni en los tantos encajados. De pie, serio, manos en los bolsillos, transmitió una imagen de control exterior que no siempre se correspondía con lo que sucedía en el campo. Fue un debut sin gestos, sin excesos y sin señales externas de nerviosismo, pero también sin la energía que a veces acompaña a los estrenos y que puede contagiar al grupo en situaciones límite.
La escena se repitió durante todo el partido. El gol definitivo del Albacete, en el tramo final, terminó por sellar la eliminación y dejó una sensación de vacío competitivo difícil de esconder. No hubo tiempo para corregir, ni para ajustar sobre la marcha con la tranquilidad que concede un proceso más largo. El estreno fue directo al hueso.
En El Chiringuito, la eliminación se vivió de manera apasionada y un poco escéptica, de no creer lo que pasaba.
El futuro
El Madrid afronta ahora una secuencia de partidos exigentes, con menos margen de error que nunca y con la obligación de reconstruirse en pleno calendario. Arbeloa deberá trabajar sobre la marcha, ajustar piezas, recuperar sensaciones y encontrar una identidad competitiva que no apareció en su estreno. El diagnóstico inicial es severo, pero también incompleto: un solo entrenamiento no define a un entrenador, aunque sí puede marcar el tono de su llegada.
El debut fue áspero, incómodo y frustrante. Un inicio que no concede tregua y que sitúa a Arbeloa ante el desafío más complejo posible: reconstruir al Real Madrid sin tiempo, sin títulos recientes y con la presión de no fallar. La Copa ya no está. El margen se ha reducido.
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