
Lo podría llamar el contrato social del PAU madrileño. El crecimiento a base de barrios del tamaño de una capital de provincia como la inminente colonización de Los Berrocales promete a los compradores una nueva vida con garaje, piscina y jardín, a cambio de largas esperas hasta que funcionen los coles, centros de salud o el Metro. Sin embargo, hay algo aún peor. Los pioneros, quienes inauguran la zona, padecen condiciones extremas de las que poco se habla. Es la historia de madrileños como Virginia, Tonín, Juanma o Raquel, los primeros vecinos del último PAU (Programa de Actuación Urbanística) que se estrenó en Madrid, en marzo hará diez años, El Cañaveral. Literalmente, estos pauers empezaron un barrio desde cero, en mitad de la nada.

Los vecinos que fundaron El Cañaveral hace diez años tienen un mensaje para los pioneros de Los Berrocales, que llegarán este verano: se sentirán como protagonistas de una película apocalíptica
Lo podría llamar el contrato social del PAU madrileño. El crecimiento a base de barrios del tamaño de una capital de provincia como la inminente colonización de Los Berrocales promete a los compradores una nueva vida con garaje, piscina y jardín, a cambio de largas esperas hasta que funcionen los coles, centros de salud o el Metro. Sin embargo, hay algo aún peor. Los pioneros, quienes inauguran la zona, padecen condiciones extremas de las que poco se habla. Es la historia de madrileños como Virginia, Tonín, Juanma o Raquel, los primeros vecinos del último PAU (Programa de Actuación Urbanística) que se estrenó en Madrid, en marzo hará diez años, El Cañaveral. Literalmente, estos pauers empezaron un barrio desde cero, en mitad de la nada.
Su historia comenzó en marzo de 2016 en un complejo de cuatro bloques de pisos llamado Puerta de San Fernando, cuyo lema es “un lugar para vivir”. Virginia Cantero, que entonces tenía 42 años, recuerda que fue una de los nueve primeros propietarios citados para la recogida de llaves. A las cinco de la tarde del jueves 17, firmó en la notaría de Getafe. Salió en su coche hacia su nuevo ático, donde vio que el ascensor aún no funcionaba. Subió las escaleras hasta la séptima planta y se asomó a su terraza. Contempló la silueta de Madrid. Se veía “todo, todo, todo. Hasta el Pirulí”. A su alrededor: la nada. Los cuatro edificios de Puerta de San Fernando estaban rodeados de solares vacíos. Viviría en un barrio isla.
“Me sentí como el prota de la peli Soy leyenda”, rememoraba la semana pasada sentada en una sillita infantil dentro de una pequeña sala de su complejo residencial a la que llaman “la biblioteca”. Se refiere a la película en la que Will Smith pasea con un rifle y un pastor alemán por un Nueva York postapocalíptico.

El del Cañaveral es un modelo de desarrollo muy madrileño. La ciudad lleva décadas expandiéndose con la ayuda de colonos que deben soportar años hasta disponer de los servicios más básicos. A mediados de 2026 le tocará a los primeros de Berrocales, un barrio cercano, en el sureste, que tendrá el tamaño de Zamora y donde a principios de mes había 17 edificios en obras. Otros tres barrios estilo PAU se poblarán pronto: Los Ahijones, Los Cerros y Valdecarros. Fuentes de la Junta de Compensación de Los Berrocales, la entidad privada que urbaniza ese barrio, dicen que el Ayuntamiento ha puesto empeño en mejorar la coordinación entre la llegada de vecinos y la activación de servicios.
Lo cierto es que estos desarrollos toman décadas. Diez años después, El Cañaveral sigue a medio hacer. El padrón de la capital registra 24.963 residentes, algo más de la mitad de los 42.000 previstos. Todo este tiempo han convivido con el ruido de las grúas y el polvo de las obras.
Paradójicamente, a Virginia no le ha importado nada este sacrificio. De hecho, añora aquellos primeros meses cuando convivía con unas decenas de personas en El Cañaveral, los residentes de Puerta de San Fernando: “Era chulo. El barrio era mío”.
Faltaba lo más básico. No había bares, ni tiendas, ni farmacias. Tampoco llegaba el camión de la basura, el cartero o el autobús. Pero aquello tenía su gracia. “Era una delicia, como vivir en el campo”, dice esta madrileña criada en la capital que recuerda con cariño sus paseos con sus dos perros mastines, Pluto y Goofy.


Virginia se considera la vecina ideal para un barrio nuevo y resta peso a las innumerables carencias de aquellos primeros días. Todo lo resolvía en coche. Los pioneros del Cañaveral montaban la basura en el maletero y buscaban las calles más cercanas con contenedor; también conducían hasta la oficina de Correos del distrito de Vicálvaro y recoger sus cartas.
“En mis circunstancias me daba igual aquí que diez kilómetros más allá. Pero claro, la gente con niños necesitaba un colegio, la gente mayor necesitaba ir al médico… Por suerte yo no tuve esos problemas”, explica. El camión de la basura llegó al final de mayo, el bus de línea en septiembre, y la primera farmacia en junio del año siguiente. Todos estos hitos fueron recogidos en su día por El Cañaveral Noticias.
Eran molestias tolerables porque esperaron una eternidad para recibir estos pisos, que habían sido proyectados a finales de los noventa. Puerta de San Fernando fue levantado por una cooperativa y tenía precios protegidos. Virginia pagó por su ático de dos habitaciones algo menos de 200.000 euros.
Fiesta ibicenca
Otros pioneros del Cañaveral recuerdan esa etapa con sensaciones enfrentadas. A veces comían sin pan por evitar el engorro de ir a comprarlo en coche. A cambio disfrutaban otras ventajas, como la fiesta ibicenca que montaron aquel verano del dieciséis para estrenar la piscina comunitaria.
Las ansias eran tales que chapotearon hasta el amanecer. Al socorrista lo convencieron para hacer horas extra hasta las seis de la mañana. Dos organizadores, Antonio de la Calle, alias Toño, y Juan Manuel Escudero, cuentan que el muchacho permaneció en su silla toda la madrugada, cenó de la barbacoa y brindó con Cruzcampo. Aún hoy persiste en ellos la feliz resaca de aquella noche mágica, pese a las “penurias”.
Toño, de 54 años, y Juanma, de 51, se habían conocido 18 años antes. Ambos eran miembros de la misma cooperativa. Su amistad se fraguó durante las manifestaciones de los cooperativistas desesperados por los retrasos.
Juanma reivindica que fue “el primero” que durmió aquí, el martes 22 de marzo. Se lo confirmó Román, el conserje. Virginia podía haberse asomado al balcón de su ático días antes, pero ella tardó un par de semanas en hacer su mudanza. A él no le importó que faltara luz, calefacción o agua caliente. “Me duchaba en casa de mi suegra en Coslada”, recuerda. De madrugada, cuando regresaba después de conducir su autobús de la EMT, Román le guiaba con una linterna.

Había un sentimiento de comunidad. En las primeras Navidades recaudaron más de 1.000 euros para decorar las zonas comunes y un abeto gigante. “Nos había costado 20 años que nos dieran nuestra casa. Queríamos exprimir la experiencia”, cuenta Toño.
Vivían en la capital de España, pero su experiencia era algo bucólica. Pintaban sus casas escuchando el canto de las perdices y en sus paseos se cruzaban con zorros y culebras. Los niños aprendieron a montar en bicicleta en calles cortadas que sus padres abrían solo para ellos y los que tenían perros se colaban en las parcelas vacías.
Lo malo eran las “tormentas de viento” en aquel páramo. “Las ventanas al principio no estaban bien selladas y dormías con un ruido ensordecedor, como si aullara una jauría de lobos”, rememora Juanma. Un vendaval hizo volar una mesa de cristal que estremeció a todos cuando reventó en pedazos en la pista deportiva.
Los precios de sus viviendas se han multiplicado del mismo modo que en el resto de Madrid. Pisos que valían menos de 200.000 euros ahora se ofertan en Idealista por más de 400.000 y hay un chalé por 890.000. Eso ha transformado el perfil del vecindario. La convivencia, dicen, se ha deteriorado.
“Son gente que viene y le dicen al conserje a qué hora vienes a recoger la basura. Se creían que esto era la Moraleja”, se queja Toño. “Cuando éramos 50 íbamos todos a una. Ahora que somos 1.000 es imposible ponernos de acuerdo”.
Mientras, siguen esperando servicios públicos básicos. “Mis hijos de 20 y 16 años no han ido al colegio o al instituto aquí”, lamenta Juanma. En septiembre, tras nueve años de espera, abrieron los dos primeros colegios del Cañaveral, uno público y otro concertado. La parcela del futuro centro de salud continúa vacía.
Con todo, algunos se consuelan haciendo negocio con su nueva vivienda. Es la oportunidad que han aprovechado quienes conservan sus hogares anteriores. Se han dado cuenta de que es más rentable ser casero de un piso en El Cañaveral y han emprendido el viaje de vuelta.
Juanma sigue sin creerse que su segundo piso, de dos habitaciones sin terraza, pueda alquilarse por 1.400 euros al mes. “Aún así no me iré”, asegura. “Después de lo que me ha costado conseguir mi casa, ahora que la tengo bonita, no voy a dejar que la disfrute otro”.
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