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7 de febrero de 2026

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¿Los cacareos de gallo pueden herirte de gravedad? ‘Rooster Fighter’ y un superpoder ensordecedor

Desde que la humanidad aprendió a poner gallinas en el corral y despertarse con un “quiquiriquí” matutino ha interiorizado lo que es odiar de primera mañana con un “juro por mi madre que algún día mataré a ese gallo”. A nadie le gusta madrugar, pero en el campo es lo que tocaba.

Los gallos han funcionado como despertador analógico y como banda sonora rural que igual no gustaba a todos, pero era parte inherente de la estampa de pueblo. Ese cacareo —breve, repetitivo, con energía de sirena en formato plumas y ensordecedor a partes iguales— parece inofensivo hasta que uno lo oye a un metro en un patio cerrado o, peor, junto a la oreja. El sonido es digno de un ataque de cómic; ‘ráfaga supersónica’ o ‘cacareo aullante’ son nombres molones, pero mejor ver una obra que sí ha tomado un gallo como personaje ultrapoderoso como protagonista y nombres de ataques chachis de verdad.

Rooster Fighter, un manga donde un gallo llamado Keiji combate monstruos del tamaño de edificios y cuyo anime se estrena recientemente prometiendo más que un clip gracioso en redes sociales, posee el “cacareo supersónico’, que derrota a sus enemigos con brutalidad ¿Qué hay de cierto en esa ‘letalidad’? ¿Podría un gallo de verdad hacerle cosquillas, o algo peor, a nuestros tímpanos?

Los decibelios ensordecedores

¿Cuántas veces habremos oído a algún vecino decir que nos estamos pasando de decibelios con esa música del demonio? Yo nunca, pero sí he visto Aquí No Hay Quien Viva y Juan Cuesta lo decía bastante. El decibelio (dB) cuantifica la presión sonora en escala logarítmica, es decir, que subir 1 decibelio no es que aumente el sonido ‘1 unidad’ sino que +20 dB implican multiplicar por 10 la presión efectiva.

Por convenio, 0 dB equivale a 20 micropascales, es decir, no es el silencio absoluto, hay un mínimo de presión. Con esa regla, se sitúa el umbral del dolor en 140 dB, cifra por la cual hay riesgo de sordera y daño auditivo, aunque, como en muchos de los mecanismos del ser humano, el oído puede aguantar más de lo que parece. Para exposiciones continuas, la referencia de lInstituto Nacional para la Seguridad y Salud Ocupacional (NIOSH) fija 85 dBA durante 8 horas como dosis límite; a 100 dBA, el tiempo recomendado baja a minutos. ¿Por qué en un sitio me refiero a los decibelios como dB y luego lo cambio a dBA? dB es una unidad de medida estándar de la presión sonora, mientras que dBA (decibelios ponderados A) es una unidad derivada que se ajusta a cómo el oído humano percibe el sonido, filtrando las frecuencias bajas y altas que son menos perceptibles. Una manera más fiable de representarlo para nosotros.

En impulsos, guías OSHA/DoD sitúan el límite operativo en 140 dB pico en el oído. Por encima de ese rango, el riesgo de lesión mecánica aumenta y la perforación timpánica aparece a presiones mayores, llegando a ser a 180 dB en condiciones explosivas. Además, muchos sonómetros convencionales saturan cerca de 140–146 dB, de modo que los picos reales de armas o petardos se subestiman si no se instrumenta bien. ¿Podría un gallo usual llegar a niveles tan altos y ensordecedores?

Sólo ensordecerían a los demás

Antes de que Keiji diera el salto del corral a las viñetas, el cacareo servía para algo muy prosaico: anunciar territorio y marcar horarios. Los gallos cantan por ritmos circadianos internos incluso en oscuridad —y elevan la cadencia ante rivales o estímulos—, con una firma acústica de varios armónicos que se proyecta hacia delante por la geometría del pico y de los sacos aéreos. Según estudios, sitúa la máxima sensibilidad auditiva de la gallina alrededor de 1,4 kHz, justo donde cae buena parte de la energía del cacareo, de manera que, para otras aves, el mensaje es imposible de ignorar, y menos a Keiji, que convierte el “quiquiriquí” en un cañonazo contra demonios gigantes.

Lo notable llega cuando medimos cuánto “aprieta” el gallo el potenciómetro. En 2017 y 2018, dos equipos belgas midieron el nivel de presión sonora del cacareo y la anatomía protectora asociada: a la entrada del conducto auditivo del propio gallo registraron picos de ~130–142 dB SPL; a medio metro, ~102 dB, valores comparables a un taller ruidoso o a un concierto. No son cifras anecdóticas: a 100 dB, el cupo diario seguro de exposición se agota en minutos. La clave de que los gallos no acaben sordos es doble. Por un lado, al abrir el pico durante el canto se atenúa la transmisión por el oído medio (columela) unos pocos decibelios. Por otro, justo antes del primer “ki”, un pliegue del canal auditivo externo se pliega hacia dentro y prácticamente lo ocluye, reduciendo en decenas de decibelios la energía que llega a la cóclea aviar.

Siendo más técnicos y para aquellas personas con mayor conocimiento de la anatomia de los gallos, la apertura del pico modifica la cadena tímpano–columela–ventana oval y atenúa la transmisión unos pocos dB durante el canto. Un pliegue tegumentario ocluye el meato auditivo externo justo antes del primer pulso; ese “cierre de compuerta” reduce en decenas de dB lo que llega a la cóclea. Si el cacareo sitúa el sonido en torno a 142 dB en el propio meato, a 0,5 m cayó a 102 dB. Una atenuación acorde a la direccionalidad y el funcionamiento de la onda sonora.

En la vida cotidiana, ese “modo concierto” dura segundos y se diluye con la distancia, aunque ha habido casos sonados de pleitos y denuncias como el de Maurice en Francia, donde unos vecinos se quejaban de sus cacareos, pero no hay descritos casos clínicos verificados de trauma auditivo humano causados sólo por cacareos a distancias típicas de vivienda.

La realidad para el ser humano

Imagina que, no me preguntes cómo, te despiertas en medio de una huerta de montaña con un gallo a menos de un metro y cacarea. A un metro, un cacareo típico estaría en torno a 96 y 100 dB. Sería molesto y potencialmente lesivo si se repite muchas veces al día en entornos reverberantes, pero imagina que en vez de a un metro el gallo, que tiene ganas de fiesta y quiere vengar a alguno de sus antepasados, se pone a centímetros del oído. Ahí los 130 a 140 dB medidos serían inaceptables para un humano, pero es una situación muy poco común, sólamente viable si te vas de fiesta y acabas demasiado perjudicado levantandote en medio de una granja, vestido de Superman y compartiendo lecho con 6 gallinas o más-.

En un pueblo o ciudad, a distancias de decenas de metros y con paredes de por medio, el nivel baja lo suficiente como para que el problema sea de sueño, convivencia e ira homicida contra estas aves. En cambio en Rooster Fighter el cacareo de Keiji derriba y aturde monstruos y pone en apuros a edificios y rascacielos. Para provocar daño estructural o incapacitar a distancia, harían falta picos por encima de 170–180 dB a metros de la fuente, valores propios de explosiones e incompatibles con la fisiología real de un gallo común. Lógicamente, Keiji no es común, por eso merece la pena ver sus desventuras, que tiene más que ganado ser el que más se pavonea de todos por ser el más gallo del corral.

 El cacareo de los gallos podría ser letal como en Rooster Fighter  

Desde que la humanidad aprendió a poner gallinas en el corral y despertarse con un “quiquiriquí” matutino ha interiorizado lo que es odiar de primera mañana con un “juro por mi madre que algún día mataré a ese gallo”. A nadie le gusta madrugar, pero en el campo es lo que tocaba.

Los gallos han funcionado como despertador analógico y como banda sonora rural que igual no gustaba a todos, pero era parte inherente de la estampa de pueblo. Ese cacareo —breve, repetitivo, con energía de sirena en formato plumas y ensordecedor a partes iguales— parece inofensivo hasta que uno lo oye a un metro en un patio cerrado o, peor, junto a la oreja. El sonido es digno de un ataque de cómic; ‘ráfaga supersónica’ o ‘cacareo aullante’ son nombres molones, pero mejor ver una obra que sí ha tomado un gallo como personaje ultrapoderoso como protagonista y nombres de ataques chachis de verdad.

Rooster Fighter, un manga donde un gallo llamado Keiji combate monstruos del tamaño de edificios y cuyo anime se estrena recientemente prometiendo más que un clip gracioso en redes sociales, posee el “cacareo supersónico’, que derrota a sus enemigos con brutalidad ¿Qué hay de cierto en esa ‘letalidad’? ¿Podría un gallo de verdad hacerle cosquillas, o algo peor, a nuestros tímpanos?

Los decibelios ensordecedores

¿Cuántas veces habremos oído a algún vecino decir que nos estamos pasando de decibelios con esa música del demonio? Yo nunca, pero sí he visto Aquí No Hay Quien Viva y Juan Cuesta lo decía bastante. El decibelio (dB) cuantifica la presión sonora en escala logarítmica, es decir, que subir 1 decibelio no es que aumente el sonido ‘1 unidad’ sino que +20 dB implican multiplicar por 10 la presión efectiva.

Por convenio, 0 dB equivale a 20 micropascales, es decir, no es el silencio absoluto, hay un mínimo de presión. Con esa regla, se sitúa el umbral del dolor en 140 dB, cifra por la cual hay riesgo de sordera y daño auditivo, aunque, como en muchos de los mecanismos del ser humano, el oído puede aguantar más de lo que parece. Para exposiciones continuas, la referencia de lInstituto Nacional para la Seguridad y Salud Ocupacional (NIOSH) fija 85 dBA durante 8 horas como dosis límite; a 100 dBA, el tiempo recomendado baja a minutos. ¿Por qué en un sitio me refiero a los decibelios como dB y luego lo cambio a dBA? dB es una unidad de medida estándar de la presión sonora, mientras que dBA (decibelios ponderados A) es una unidad derivada que se ajusta a cómo el oído humano percibe el sonido, filtrando las frecuencias bajas y altas que son menos perceptibles. Una manera más fiable de representarlo para nosotros.

En impulsos, guías OSHA/DoD sitúan el límite operativo en 140 dB pico en el oído. Por encima de ese rango, el riesgo de lesión mecánica aumenta y la perforación timpánica aparece a presiones mayores, llegando a ser a 180 dB en condiciones explosivas. Además, muchos sonómetros convencionales saturan cerca de 140–146 dB, de modo que los picos reales de armas o petardos se subestiman si no se instrumenta bien. ¿Podría un gallo usual llegar a niveles tan altos y ensordecedores?

Sólo ensordecerían a los demás

Antes de que Keiji diera el salto del corral a las viñetas, el cacareo servía para algo muy prosaico: anunciar territorio y marcar horarios. Los gallos cantan por ritmos circadianos internos incluso en oscuridad —y elevan la cadencia ante rivales o estímulos—, con una firma acústica de varios armónicos que se proyecta hacia delante por la geometría del pico y de los sacos aéreos. Según estudios, sitúa la máxima sensibilidad auditiva de la gallina alrededor de 1,4 kHz, justo donde cae buena parte de la energía del cacareo, de manera que, para otras aves, el mensaje es imposible de ignorar, y menos a Keiji, que convierte el “quiquiriquí” en un cañonazo contra demonios gigantes.

Lo notable llega cuando medimos cuánto “aprieta” el gallo el potenciómetro. En 2017 y 2018, dos equipos belgas midieron el nivel de presión sonora del cacareo y la anatomía protectora asociada: a la entrada del conducto auditivo del propio gallo registraron picos de ~130–142 dB SPL; a medio metro, ~102 dB, valores comparables a un taller ruidoso o a un concierto. No son cifras anecdóticas: a 100 dB, el cupo diario seguro de exposición se agota en minutos. La clave de que los gallos no acaben sordos es doble. Por un lado, al abrir el pico durante el canto se atenúa la transmisión por el oído medio (columela) unos pocos decibelios. Por otro, justo antes del primer “ki”, un pliegue del canal auditivo externo se pliega hacia dentro y prácticamente lo ocluye, reduciendo en decenas de decibelios la energía que llega a la cóclea aviar.

Siendo más técnicos y para aquellas personas con mayor conocimiento de la anatomia de los gallos, la apertura del pico modifica la cadena tímpano–columela–ventana oval y atenúa la transmisión unos pocos dB durante el canto. Un pliegue tegumentario ocluye el meato auditivo externo justo antes del primer pulso; ese “cierre de compuerta” reduce en decenas de dB lo que llega a la cóclea. Si el cacareo sitúa el sonido en torno a 142 dB en el propio meato, a 0,5 m cayó a 102 dB. Una atenuación acorde a la direccionalidad y el funcionamiento de la onda sonora.

En la vida cotidiana, ese “modo concierto” dura segundos y se diluye con la distancia, aunque ha habido casos sonados de pleitos y denuncias como el de Maurice en Francia, donde unos vecinos se quejaban de sus cacareos, pero no hay descritos casos clínicos verificados de trauma auditivo humano causados sólo por cacareos a distancias típicas de vivienda.

La realidad para el ser humano

Imagina que, no me preguntes cómo, te despiertas en medio de una huerta de montaña con un gallo a menos de un metro y cacarea. A un metro, un cacareo típico estaría en torno a 96 y 100 dB. Sería molesto y potencialmente lesivo si se repite muchas veces al día en entornos reverberantes, pero imagina que en vez de a un metro el gallo, que tiene ganas de fiesta y quiere vengar a alguno de sus antepasados, se pone a centímetros del oído. Ahí los 130 a 140 dB medidos serían inaceptables para un humano, pero es una situación muy poco común, sólamente viable si te vas de fiesta y acabas demasiado perjudicado levantandote en medio de una granja, vestido de Superman y compartiendo lecho con 6 gallinas o más-.

En un pueblo o ciudad, a distancias de decenas de metros y con paredes de por medio, el nivel baja lo suficiente como para que el problema sea de sueño, convivencia e ira homicida contra estas aves. En cambio en Rooster Fighter el cacareo de Keiji derriba y aturde monstruos y pone en apuros a edificios y rascacielos. Para provocar daño estructural o incapacitar a distancia, harían falta picos por encima de 170–180 dB a metros de la fuente, valores propios de explosiones e incompatibles con la fisiología real de un gallo común. Lógicamente, Keiji no es común, por eso merece la pena ver sus desventuras, que tiene más que ganado ser el que más se pavonea de todos por ser el más gallo del corral.

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