29 de marzo de 2026

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Por fin ya todo se acabó, chica desolada

“No mires a los ojos de la gente. Me dan miedo. Siempre mienten”, aseguraba Golpes Bajos en una canción aún más vibrante que nihilista. Exageraban. Hay miradas que no mienten. Al menos yo sentía un estremecimiento y absoluta compasión cuando observaba en fotografías o en televisión la mirada de Noelia Castillo, esa chica que ha tenido que esperar tanto para que su tránsito hacia el otro barrio o a la nada ocurriera sin sufrimiento, algo con lo que estaba trágicamente familiarizada. Ella intentó largarse un par de veces. No lo logró, pero a cambio quedó parapléjica. Nadie puede imaginar cómo debió sentirse. Pero una asociación de abogados cristianos, en complicidad con el deseo de su padre, estaba empeñada en prolongar su infierno.

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 Noelia Castillo intentó largarse un par de veces. No lo logró, pero a cambio quedó parapléjica. Nadie puede imaginar cómo debió de sentirse  

Columna

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Noelia Castillo intentó largarse un par de veces. No lo logró, pero a cambio quedó parapléjica. Nadie puede imaginar cómo debió de sentirse

Noelia Castillo en una reciente aparición televisiva.Antena 3
Carlos Boyero

“No mires a los ojos de la gente. Me dan miedo. Siempre mienten”, aseguraba Golpes Bajos en una canción aún más vibrante que nihilista. Exageraban. Hay miradas que no mienten. Al menos yo sentía un estremecimiento y absoluta compasión cuando observaba en fotografías o en televisión la mirada de Noelia Castillo, esa chica que ha tenido que esperar tanto para que su tránsito hacia el otro barrio o a la nada ocurriera sin sufrimiento, algo con lo que estaba trágicamente familiarizada. Ella intentó largarse un par de veces. No lo logró, pero a cambio quedó parapléjica. Nadie puede imaginar cómo debió sentirse. Pero una asociación de abogados cristianos, en complicidad con el deseo de su padre, estaba empeñada en prolongar su infierno.

La eutanasia ha tenido piedad de ella. Yo, que no he votado nunca y si sucumbiera alguna vez a esa indeseada tentación, lo haría en blanco, le pediría a una cosa ancestralmente turbia o siniestra llamada Estado que ayudara a las personas hartas de dolor físico o moral, incapaces de aguantar más, a los que solo anhelan dormir y sienten intolerable angustia al abrir los ojos, que les facilitaran el sueño eterno, el final del sufrimiento, la huida de una existencia que no les amó.

Desde que era pequeño escuché ladinas mentiras como que quitarse la vida solo lo hacían los cobardes, que la existencia y la muerte únicamente dependían de algo llamado Dios. Durante infinito tiempo estuvo prohibido enterrar a los desesperados en los cementerios cristianos. No los dejaban de joder y de anatemizar ni después de muertos. Y no debe de ser fácil matarse. Incluso por razones prácticas. ¿Cuántos cortes hay que darles a las venas? ¿Cómo se ahorca uno para no fallar? O, ¿qué pastillas hay que tomar para encontrar el final de la desolación? ¿Y si se lanzan al vacío y aterrizan sobre los inocentes viandantes? Y, de acuerdo, todos nos quedamos hechos polvo cuando alguien muy cercano tomó esa solución sin retorno. Pero, ¿podemos imaginarnos la oscuridad, el dolor, la soledad y el desamparo de los que deciden acabar con su infierno?

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