En su autobiografía, el dramaturgo Arthur Miller relataba un episodio sobrecogedor que vivió con el director de cine Elia Kazan. Ambos habían sido amigos íntimos y colaboradores habituales. Su amistad era profunda y fraternal. Hasta que durante el gobierno de Harry S. Truman, Kazan decidió colaborar con el Comité de Actividades Antiamericanas (dirigido por el senador Joseph McCarthy) y nombró a antiguos compañeros vinculados al Partido Comunista. Es decir, se convirtió en un delator y salvó su carrera a costa de hundir a otros compañeros. Poco después, Miller, que había sido citado a declarar y no dio ningún nombre, fue a ver a su antiguo amigo. Para intentar rebajar la tensión evidente, la esposa de Kazan, presente en la escena, le preguntó sobre qué estaba escribiendo en ese momento. Miller contestó: “Sobre las brujas de Salem”. El matrimonio Kazan quedó mudo, consciente del paralelismo que Miller iba a establecer en su literatura con lo que todos acababan de vivir.
Si el enemigo interno es cualquier antifascista, un europeo que defienda los derechos civiles y haga campaña contra la desinformación es tildado de censor
En su autobiografía, el dramaturgo Arthur Miller relataba un episodio sobrecogedor que vivió con el director de cine Elia Kazan. Ambos habían sido amigos íntimos y colaboradores habituales. Su amistad era profunda y fraternal. Hasta que durante el gobierno de Harry S. Truman, Kazan decidió colaborar con el Comité de Actividades Antiamericanas (dirigido por el senador Joseph McCarthy) y nombró a antiguos compañeros vinculados al Partido Comunista. Es decir, se convirtió en un delator y salvó su carrera a costa de hundir a otros compañeros. Poco después, Miller, que había sido citado a declarar y no dio ningún nombre, fue a ver a su antiguo amigo. Para intentar rebajar la tensión evidente, la esposa de Kazan, presente en la escena, le preguntó sobre qué estaba escribiendo en ese momento. Miller contestó: “Sobre las brujas de Salem”. El matrimonio Kazan quedó mudo, consciente del paralelismo que Miller iba a establecer en su literatura con lo que todos acababan de vivir.
Hace unos días, Thierry Breton, uno de los cinco europeos vetados por el gobierno estadounidense, aludía al macartismo en un tuit, alertando de las similitudes del presente con los años cincuenta. La alusión era lógica. Desde la llegada de Trump al poder en 2017, y tras su regreso el año pasado, en Estados Unidos se han ido formalizando una serie de prácticas que recuerdan poderosamente a las comisiones de investigación y las denominadas “listas negras” emprendidas en el pasado para purgar el país de ideas comunistas. Conocemos ya cuáles son estas prácticas contemporáneas. Van desde el hostigamiento institucional —muchas veces ejercido de manera directa y frontal por el propio presidente de EE UU—, las prohibiciones indirectas y las amenazas unilaterales. Trump ha hecho de la deslegitimación del periodismo su bandera, acusando, por ejemplo, a diarios como el New York Times o el Washington Post de “enemigos del pueblo”. Su gobierno se ha caracterizado por la criminalización del discurso antirracista y el arresto de periodistas y observadores legales durante manifestaciones. Por no hablar de la violencia indiscriminada e institucional de las patrullas de inmigración, conocidas como ICE.
Este último veto a cinco expertos implicados en la supervisión de las principales plataformas tecnológicas demuestran la lógica del gobierno de Trump. Como explicaba recientemente Nora Benavidez, abogada de Free Press, la administración está silenciando a sus críticos en nombre de la protección de la libertad de expresión. Y ahí está la clave. Según el Gobierno, la censura la ejercen aquellos contrarios al propio Gobierno. Así, disentir, contradecir y no amplificar mentiras se convierte instantáneamente en una afrenta, en censura y, por tanto, sus protagonistas son señalados como enemigos del pueblo a los que hay que batir.
Esto se ha demostrado ampliamente en la campaña de retirada de libros en bibliotecas públicas durante los últimos cuatro años, en su mayoría orquestadas por políticos republicanos y grupos extremistas neofascistas. La campana de cristal de Sylvia Plath, Anna Karenina, de León Tolstói o el Diccionario elemental Merriam-Webster fueron suprimidos de bibliotecas públicas apelando al fantasma de la “dictadura woke”.
Hablando de fantasmas: la Administración Trump viene agitando un hombre de paja desde hace tiempo para generar un nuevo enemigo a derrocar. Se trata de antifa, es decir, cualquier movimiento antifascista. Pese a que las protestas antifascistas en EE UU son en general heterogéneas y totalmente descentralizadas, Trump las ha designado como organización terrorista. Esta falacia le ha permitido criminalizar una idea, pese a que el FBI y el Departamento de Seguridad afirmaron que no existen evidencias ni datos concretos de una estructura antifa violenta y coordinada. Antifa representa exactamente el mismo enemigo en la sombra que el comunismo durante la era de McCarthy. Ambos se presentan para el ciudadano como antiamericanos, enemigos de la nación y una amenaza existencial al “modo de vida estadounidense”. Por eso, la prohibición de entrada de estos observadores e investigadores encaja en esta ecuación: si el enemigo interno es cualquier antifascista, un europeo que defienda los derechos civiles y haga campaña contra la desinformación es, inmediatamente, tildado de censor. No han tardado nada en acusarlos de exactamente aquello contra lo que luchan: desinformación y censura. La hoguera está servida.
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