
“Amo la belleza, no es mi culpa”. Estos días, por obvio y luctuoso motivo, hemos recordado que la frase es de Valentino. Si no, más de uno, arrimando el ascua a la sardina de la actualidad televisiva, se la podría atribuir a Ryan Murphy. Aunque en boca del creador televisivo, más que un canto a la sublimación estética del color, la forma y el volumen, tal vez podría emparentarse con aquella sentencia que popularizó Inma Contreras, concursante de Gran Hermano 7: “Me encanta el oro, disfruto”.
Muchos queremos ver en la última serie de Ryan Murphy un atisbo del tipo que tenía algo diferente que contar y no solo un emporio que mantener
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Muchos queremos ver en la última serie de Ryan Murphy un atisbo del tipo que tenía algo diferente que contar y no solo un emporio que mantener


“Amo la belleza, no es mi culpa”. Estos días, por obvio y luctuoso motivo, hemos recordado que la frase es de Valentino. Si no, más de uno, arrimando el ascua a la sardina de la actualidad televisiva, se la podría atribuir a Ryan Murphy. Aunque en boca del creador televisivo, más que un canto a la sublimación estética del color, la forma y el volumen, tal vez podría emparentarse con aquella sentencia que popularizó Inma Contreras, concursante de Gran Hermano 7: “Me encanta el oro, disfruto”.
Muchos han querido ver en la última serie de Murphy, The Beauty (en España en Disney+), un derivado oportunista de La sustancia. No lo es, en primer lugar, porque se trata de una adaptación de una serie de cómics homónima publicada entre 2015 y 2021. Pero incluso aunque haya aprovechado el camino cimentado por el éxito reciente de la película de Coralie Fargeat, el propio Murphy se encarga de anticiparse a esta crítica utilizando como guiño la presencia del ex de su protagonista, Ashton Kutcher, como malísimo capo de la organización que crea una especie de virus que transforma a los feos en guapos y se transmite por intercambio de fluidos, con la única pega de que después de dos años de belleza, uno explota y lo deja todo perdido de sangre y vísceras. Murphy, como buen cinéfilo –antes de guionista, fue periodista de cine– y amante del camp, sabe que tomar prestado de aquí y allá no solo no es algo de lo que avergonzarse, sino una manera como cualquier otra de aprovechar el capital cultural. No se le va a reprochar ahora a él algo sobre lo que otros han cimentado celebradas carreras –Quentin Tarantino, no estoy mirando a nadie–.
Además, si hablamos de relatos sobre el capital estético, de la belleza como pasaporte, nadie puede venir a reclamarle a Murphy un trono con el que él se hizo hace más de 20 años gracias a Nip/Tuck, su segunda serie, los locos avatares de Sean McNamara y Christian Troy, dos cirujanos plásticos con clínica en Miami. Muchos añoramos al Murphy que era creador antes que dueño de una factoría de producción ingente, que abarcaba poco y apretaba mucho. Por eso, a pesar de sus líneas de diálogo sonrojantes y de su trazo grueso, quiero ver en The Beauty un atisbo del tipo que tenía algo diferente que contar y no solo un emporio que mantener. Amo a ese Murphy, no es mi culpa.
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