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Zombis lentos VS zombis rápidos ¿Cuál crees que es más eficiente? Esto dice la ciencia

¿Estás preparado para un apocalipsis zombi? Si no eres tú seguro que algún amigo tendrás que tiene todo perfectamente planificado. Los zombis llevan décadas caminando a su ritmo por nuestro imaginario colectivo; cuerpos antaño vivos que vuelven con ansias de cerebro, sangre, carne o ganas de esparcir un virus. Su terror no residía en la velocidad ni en la espectacularidad, sino en la inevitabilidad. No corrían, no pensaban, pero siempre acababan llegando, como un dolor de espalda después de estar tumbado con mala postura.

Sin embargo, como todo género vivo, el zombi también ha mutado. A lo largo de los años, el cine y la televisión han ido reinterpretando sus reglas, adaptándolas a nuevas ansiedades sociales y a públicos cada vez más acostumbrados al horror. Lo que asustaba hace 80 años ahora no genera casi ni un aspaviento, por eso el muerto viviente clásico, torpe y tambaleante, ha evolucionado casi de manera orgánica a zombis o infectados que corren, saltan y atacan con una furia casi animal. Después de morir tienes la agilidad y el cardio que no has tenido vivo, irónicamente.

El estreno de la segunda parte de 28 años después retoma esta variante del género zombi recordando que donde antes había suspense y claustrofobia, ahora hay adrenalina y caos. El género se ha fragmentado en dos grandes corrientes, lentos y rápidos, y la verdadera pregunta es ¿Cuál es mejor?

Zombi lento pero seguro

La bióloga y divulgadora científica Patricia “Angle” López, doctora en ingeniería biomédica, ferviente fan del género zombi apocalíptico y entusiasmada del mundo friki, echa luz a este asunto. Desde el punto de vista biológico no todos los zombis son iguales. La diferencia entre los rápidos y los lentos radica en la fisiología, metabolismo y, obviamente, plausibilidad científica.

Un zombi lento es un muerto reanimado cuya biología ya no funciona, con comportamiento torpe, movilidad lenta y carente de coordinación motriz fina ni eficaz y, desde un punto de vista científico, estos factores son coherentes y esperables. El tejido muscular degradado y sin control neurológico funcional no puede generar fuerza ni velocidad sostenidas. Como no hay metabolismo, no se da una respiración celular normal y no hay producción continua de ATP (Adenosin Trifosfato), una molécula que almacena y transporta energía para impulsar casi todos los procesos vitales, como la contracción muscular, la síntesis de proteínas, la transmisión nerviosa y el transporte de sustancias. El tejido muscular dañado implica fibras musculares afectados y, por ende, una contracción lenta e ineficiente. Como consecuencia, un movimiento lento y sin demasiado control. Por último, poseen un sistema circulatorio no funcional. El oxígeno no se distribuye de forma activa y los nutrientes no llegan a los tejidos.

En definitiva, un zombi lento no dispone de energía proveniente de una dieta. Comer no sirve para “alimentarse” en sentido metabólico, porque no llega de ninguna de las maneras, el sistema no es funcional. En las películas los vemos comer carne cruda de sus víctimas humanas, pero desde un punto de vista científico, no comen por nutrición, sino por un impulso primitivo — si aceptamos un cerebro que aún está parcialmente activo. Es un automatismo motor que genera movimientos que se realizan sin control consciente y que no requieren intervención de la voluntad. Si necesitase energía real colapsaría al cabo de unos días. O se asume que hay un tipo de fuente de energía no biológica como radiaciones, campos energéticos ambientales, la eterna baza de algo “sobrenatural” o, directamente, se ignora el metabolismo para que su existencia sea plausible.

Zombi rápido, no tan seguro

En el extremo opuesto están los zombis rápidos, que en realidad no son zombis en sentido estricto de la palabra, sino “infectados vivos”. En este modelo, el individuo sigue biológicamente con vida: en teoría el corazón late, los músculos reciben oxígeno y el metabolismo está activo. Lo que ocurre es que el sistema nervioso ha sido secuestrado, normalmente por un patógeno neurotrópico o una neurotoxina que anula el control cognitivo y amplifica la agresividad. Este escenario permite algo que un cadáver jamás podría hacer: correr, saltar, trepar y atacar con violencia — mucha violencia — y rabia extrema. La extrema velocidad es una consecuencia directa de que el cuerpo aún está en funcionamiento.

Al estar infectados, se asume que su metabolismo sigue activo, es más, es extremadamente elevado. Esta asunción supone que existe respiración celular normal y producción continua de ATP, pero su actividad física radical y neurótica dispara el gasto energético muy por encima de lo habitual. Sus músculos son funcionales pero están sometidos a un estrés extremo; sus fibras musculares están intactas y pueden ejercer fuerza rápida. Durante los ataques rápidos e impulsivos los músculos requieren de una energía más rápido de lo que el oxígeno puede llevar, por lo que el cuerpo activa una vía metabólica alternativa: el metabolismo anaerobio, una vía rápida pero poco eficiente de obtención de energía que se activa cuando el oxígeno no llega a tiempo a los músculos. Este proceso genera grandes cantidades de lactato, lo que provoca una reducción de la capacidad de contracción y acelera la fatiga. Se obtiene la energía necesaria pero, como consecuencia, los movimientos se vuelven cada vez menos coordinados y aumenta el riesgo de tropiezos, caídas y lesiones.

Todo exceso tiene una contrapartida y para el sistema circulatorio y respiratorio operativos implica un sobre exigimiento. Los nutrientes sí llegan a los tejidos pero, como se ha mencionado previamente, con la incapacidad de cubrir una demanda tan elevada de forma sostenida el sistema cardiovascular entra fácilmente en sobrecarga. Es como si los zombies rápidos corrieran como atletas en un sprint continuo, pero sin descanso ni control, dando como resultado que su propio metabolismo los destruye desde dentro.

Al contrario que con los zombies lentos, en los rápidos la energía sí debe venir necesariamente de la dieta y de las reservas corporales. Un zombie rápido consume los nutrientes a gran velocidad y, una vez agotado, empieza a depender de fuentes secundarias de energía y, en casos extremos, la energía es obtenida de proteínas musculares, teniendo como límite claro el colapso. Deben alimentarse para mantener su actividad pero su comportamiento no está optimizado para su supervivencia, sino para la máxima transmisión del patógeno en menor tiempo posible.

Aún así, su principal enemigo no es su propio cuerpo, sino la hipertermia, en el que gran parte de la energía se disipa como calor y no en trabajo mecánico, la deshidratación que se acelera por respiración agitada, la sudoración y el agotamiento energético tras vaciar rápidamente las reservas de nutrientes.

Todo esto implica que un zombie rápido en realidad NO puede mantenerse activo durante días o semanas sin descanso, agua y alimento adecuados. Por eso, un comportamiento lógico en estas películas es que cuando no tienen ningún estímulo o no han de perseguir a ninguna víctima potencial, siempre están inactivos o quietos y sin apenas moverse. Con rigor científico en mano, si no tomasen agua, electrolitos y fuentes de energía rápidamente utilizables, colapsarían en cuestión de horas o como mucho, días, ya que la biología humana tiene límites claros.

¿Cuál es mejor? ¿Zombi lento o rápido? Mientras que el lento sobrevive por algún motivo no biológicamente viable el otro es explosivo y con una vida útil teoricamente más baja, pero con capacidad de difusión de su «enfermedad» más rápida. Con los datos científicos en mano puedes decidir cuál te convence más para un apocalipsis zombi, aunque da igual cuál elijas en realidad, el resultado será mortal de necesidad.

 La ciencia detrás de los cuerpos de los zombies rápidos o lentos puede servir para saber cuál es más peligroso  

¿Estás preparado para un apocalipsis zombi? Si no eres tú seguro que algún amigo tendrás que tiene todo perfectamente planificado. Los zombis llevan décadas caminando a su ritmo por nuestro imaginario colectivo; cuerpos antaño vivos que vuelven con ansias de cerebro, sangre, carne o ganas de esparcir un virus. Su terror no residía en la velocidad ni en la espectacularidad, sino en la inevitabilidad. No corrían, no pensaban, pero siempre acababan llegando, como un dolor de espalda después de estar tumbado con mala postura.

Sin embargo, como todo género vivo, el zombi también ha mutado. A lo largo de los años, el cine y la televisión han ido reinterpretando sus reglas, adaptándolas a nuevas ansiedades sociales y a públicos cada vez más acostumbrados al horror. Lo que asustaba hace 80 años ahora no genera casi ni un aspaviento, por eso el muerto viviente clásico, torpe y tambaleante, ha evolucionado casi de manera orgánica a zombis o infectados que corren, saltan y atacan con una furia casi animal. Después de morir tienes la agilidad y el cardio que no has tenido vivo, irónicamente. 

'28 años después: El templo de los huesos'
’28 años después: El templo de los huesos’Sony Pictures

El estreno de la segunda parte de 28 años después retoma esta variante del género zombi recordando que donde antes había suspense y claustrofobia, ahora hay adrenalina y caos. El género se ha fragmentado en dos grandes corrientes, lentos y rápidos, y la verdadera pregunta es ¿Cuál es mejor?

Zombi lento pero seguro

La bióloga y divulgadora científica Patricia “Angle” López, doctora en ingeniería biomédica, ferviente fan del género zombi apocalíptico y entusiasmada del mundo friki, echa luz a este asunto. Desde el punto de vista biológico no todos los zombis son iguales. La diferencia entre los rápidos y los lentos radica en la fisiología, metabolismo y, obviamente, plausibilidad científica.

Un zombi lento es un muerto reanimado cuya biología ya no funciona, con comportamiento torpe, movilidad lenta y carente de coordinación motriz fina ni eficaz y, desde un punto de vista científico, estos factores son coherentes y esperables. El tejido muscular degradado y sin control neurológico funcional no puede generar fuerza ni velocidad sostenidas. Como no hay metabolismo, no se da una respiración celular normal y no hay producción continua de ATP (Adenosin Trifosfato), una molécula que almacena y transporta energía para impulsar casi todos los procesos vitales, como la contracción muscular, la síntesis de proteínas, la transmisión nerviosa y el transporte de sustancias. El tejido muscular dañado implica fibras musculares afectados y, por ende, una contracción lenta e ineficiente. Como consecuencia, un movimiento lento y sin demasiado control. Por último, poseen un sistema circulatorio no funcional. El oxígeno no se distribuye de forma activa y los nutrientes no llegan a los tejidos.

En definitiva, un zombi lento no dispone de energía proveniente de una dieta. Comer no sirve para “alimentarse” en sentido metabólico, porque no llega de ninguna de las maneras, el sistema no es funcional. En las películas los vemos comer carne cruda de sus víctimas humanas, pero desde un punto de vista científico, no comen por nutrición, sino por un impulso primitivo — si aceptamos un cerebro que aún está parcialmente activo. Es un automatismo motor que genera movimientos que se realizan sin control consciente y que no requieren intervención de la voluntad. Si necesitase energía real colapsaría al cabo de unos días. O se asume que hay un tipo de fuente de energía no biológica como radiaciones, campos energéticos ambientales, la eterna baza de algo “sobrenatural” o, directamente, se ignora el metabolismo para que su existencia sea plausible.

'Zombi' (George A. Romero, 1978) / 'Amanecer de los muertos' (Zack Snyder, 2004)
‘Zombi’ (George A. Romero, 1978) / ‘Amanecer de los muertos’ (Zack Snyder, 2004)Cinemanía

Zombi rápido, no tan seguro

En el extremo opuesto están los zombis rápidos, que en realidad no son zombis en sentido estricto de la palabra, sino “infectados vivos”. En este modelo, el individuo sigue biológicamente con vida: en teoría el corazón late, los músculos reciben oxígeno y el metabolismo está activo. Lo que ocurre es que el sistema nervioso ha sido secuestrado, normalmente por un patógeno neurotrópico o una neurotoxina que anula el control cognitivo y amplifica la agresividad. Este escenario permite algo que un cadáver jamás podría hacer: correr, saltar, trepar y atacar con violencia — mucha violencia —  y rabia extrema. La extrema velocidad es una consecuencia directa de que el cuerpo aún está en funcionamiento.

Al estar infectados, se asume que su metabolismo sigue activo, es más, es extremadamente elevado. Esta asunción supone que existe respiración celular normal y producción continua de ATP, pero su actividad física radical y neurótica dispara el gasto energético muy por encima de lo habitual. Sus músculos son funcionales pero están sometidos a un estrés extremo; sus fibras musculares están intactas y pueden ejercer fuerza rápida. Durante los ataques rápidos e impulsivos los músculos requieren de una energía más rápido de lo que el oxígeno puede llevar, por lo que el cuerpo activa una vía metabólica alternativa: el metabolismo anaerobio, una vía rápida pero poco eficiente de obtención de energía que se activa cuando el oxígeno no llega a tiempo a los músculos. Este proceso genera grandes cantidades de lactato, lo que provoca una reducción de la capacidad de contracción y acelera la fatiga. Se obtiene la energía necesaria pero, como consecuencia, los movimientos se vuelven cada vez menos coordinados y aumenta el riesgo de tropiezos, caídas y lesiones. 

'28 días después' y '28 semanas después'
’28 días después’ y ’28 semanas después’

Todo exceso tiene una contrapartida y para el sistema circulatorio y respiratorio operativos implica un sobre exigimiento. Los nutrientes sí llegan a los tejidos pero, como se ha mencionado previamente, con la incapacidad de cubrir una demanda tan elevada de forma sostenida el sistema cardiovascular entra fácilmente en sobrecarga. Es como si los zombies rápidos corrieran como atletas en un sprint continuo, pero sin descanso ni control, dando como resultado que su propio metabolismo los destruye desde dentro.

Al contrario que con los zombies lentos, en los rápidos la energía sí debe venir necesariamente de la dieta y de las reservas corporales. Un zombie rápido consume los nutrientes a gran velocidad y, una vez agotado, empieza a depender de fuentes secundarias de energía y, en casos extremos, la energía es obtenida de proteínas musculares, teniendo como límite claro el colapso. Deben alimentarse para mantener su actividad pero su comportamiento no está optimizado para su supervivencia, sino para la máxima transmisión del patógeno en menor tiempo posible.

Aún así, su principal enemigo no es su propio cuerpo, sino la hipertermia, en el que gran parte de la energía se disipa como calor y no en trabajo mecánico, la deshidratación que se acelera por respiración agitada, la sudoración y el agotamiento energético tras vaciar rápidamente las reservas de nutrientes.

Todo esto implica que un zombie rápido en realidad NO puede mantenerse activo durante días o semanas sin descanso, agua y alimento adecuados. Por eso, un comportamiento lógico en estas películas es que cuando no tienen ningún estímulo o no han de perseguir a ninguna víctima potencial, siempre están inactivos o quietos y sin apenas moverse. Con rigor científico en mano, si no tomasen agua, electrolitos y fuentes de energía rápidamente utilizables, colapsarían en cuestión de horas o como mucho, días, ya que la biología humana tiene límites claros.

¿Cuál es mejor? ¿Zombi lento o rápido? Mientras que el lento sobrevive por algún motivo no biológicamente viable el otro es explosivo y con una vida útil teoricamente más baja, pero con capacidad de difusión de su «enfermedad» más rápida.  Con los datos científicos en mano puedes decidir cuál te convence más para un apocalipsis zombi, aunque da igual cuál elijas en realidad, el resultado será mortal de necesidad.

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