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21 de septiembre de 2026

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Confieso que tengo ‘IAnsiedad’, ¿y usted?

En los últimos 10 días todos hemos hecho, o al menos escuchado, el chiste: “Total, si se va a acabar el mundo, para qué hacer [__________]”. Rellene el espacio a conveniencia. Los deberes, la reunión, la colada, el trámite del banco… El pasado 9 de septiembre Jacob Coxon, investigador de 27 años, dimitió de Anthropic y anunció que la IA “podría matarnos a todos antes de que acabe la década”. Lo hizo desde su perfil de X donde luce gorra y media sonrisilla, sin Jinetes del Apocalipsis, ni trompetas, ni nada.

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 Desde que el chico de la gorra tuiteó el apocalipsis, un runrún nos reconcome a algunos. Como un chiste, se ha colado hasta en la cola del pan: “Ponme un bollo también, por si el fin del mundo”  

En los últimos 10 días todos hemos hecho, o al menos escuchado, el chiste: “Total, si se va a acabar el mundo, para qué hacer [__________]”. Rellene el espacio a conveniencia. Los deberes, la reunión, la colada, el trámite del banco… El pasado 9 de septiembre Jacob Coxon, investigador de 27 años, dimitió de Anthropic y anunció que la IA “podría matarnos a todos antes de que acabe la década”. Lo hizo desde su perfil de X donde luce gorra y media sonrisilla, sin Jinetes del Apocalipsis, ni trompetas, ni nada.

No es, ni mucho menos, el primero en decirlo, pero desde entonces, solo en Elpais.com, se han publicado una veintena de piezas poniendo en contexto el tuit. En redes, pierdes la cuenta. Expertos, políticos y opinadores debaten si el muchacho exagera o no. Que si el marketing, tranquilizan unos; que si las armas biológicas, asustan otros. Escenarios poco o menos halagüeños. Artículos de Wired. Memes. La preocupación se ha colado hasta en la cola del pan: “Ponme un bollo también, por si el fin del mundo”.

“Yo le he preguntado al ChatGPT y nos quedan 10 minutos como especie”, te cuenta una amiga, seguramente una de los millones de personas que han hecho lo mismo, mirar a los ojos al abismo. ¿Ha cancelado alguna reunión al saberlo y corrido a abrazar a los suyos? Claro que no. Es lo que hacemos “como especie”, seguir con la vida. Aceptar las cookies y tirar para adelante.

Y sin embargo, desde que apareció el imberbe jinete apocalíptico, un runrún nos reconcome a algunos. Quizás a algunos con pocos problemas acuciantes, es verdad, o más blancos y ricos que el resto, o con más pelis de ciencia ficción en la alforja. Pero una noche ese rumiar —la papancha de la que habla el budismo, la tendencia de la mente a enredarse en lo peor—, te despierta con otro chiste: “Lo que tengo es IAnsiedad”.

Parecida a la ecoansiedad, la angustiosa impotencia ante la crisis climática, pero más misteriosa e inminente. Heredera de la furia ludita del XIX que revolvió a los obreros contra los dueños de las fábricas que los sustituían por máquinas, pero más sibilina (porque es falso ese mantra de que la IA nos quitará el trabajo, serán los señores que así lo decidan).

La inquietud no es nueva, lleva entre nosotros tanto como la tecnología misma. Pero no la ha frenado. Un ejemplo, en el podcast Black Box (The Guardian), sobre los estragos en la salud mental que han causado ChatGPT, Grok o Gemini, habla la socióloga del MIT Sherry Turkle, que en ya los setenta estudió el programa Eliza (tatarabuelo de nuestros chatbots) y avisó de nuestra tendencia a atribuir sentimientos y consciencia a la IA y los riesgos que ello implicaría. Ahora dice: “Las redes sociales vinieron a por nuestra atención, los chatbots a por nuestro apego”. Y la IA general viene directamente a por nosotros, añade mi IAnsiedad.

No es una reflexión sesuda, ni una reflexión siquiera. Como toda ansiedad, no busca solucionar nada (eso implicaría pensar más fuerte, protestar mejor, pero ¿cómo?), solo agobia. Pensar en bucle, pero medio en broma, sobre el p(doom) es más fácil que pensar derecho sobre la erosión democrática, la vulneración de la privacidad, la geopolítica de los chips, los excesos del tardocapitalismo… Es más épico y a la vez más frívolo. “Nos merecemos lo que nos pase”, dice otra amiga sobre la extinción. Pidamos otro vino. Bailemos hasta caer. Hagamos el amor en vez de prompts.

Me recuerda a la pandemia, la que pensamos que sería la más excepcional de las batallitas que contaríamos a nuestros nietos. Y ahora resulta que igual no hay nietos para nadie. Otro mes de septiembre, en 1939, Jorge VI anunció al Imperio Británico que lo peor tampoco había pasado para ellos: “En esta hora grave, quizás la más fatídica de nuestra historia, por segunda vez en las vidas de la mayoría de nosotros, estamos en guerra”. El discurso radiofónico fue tan emocionante que tiene hasta una película. Los IAnsiosos tenemos al chaval de la gorra. Como para no hacer chistes.

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