En la madrugada del pasado lunes, en Beirut, la capital del Líbano, a más de 9.000 kilómetros de distancia de Nueva Jersey, el cielo del puerto se iluminó con tres salvas de fuegos artificiales. «Ha durado poco, pero es lo que hay, no nos sobra el dinero. Al menos sabemos que no es la guerra otra vez», ironiza Chloe, fotógrafa libanesa, desde la terraza del apartamento donde hemos visto el partido.
Suenan los cláxones y desde la altura reconocemos las banderas de España ondeando por las ventanillas de varios coches. «Los que están por ahí celebrándolo son los de Hizbulá», me advierte Ali mientras me muestra en Whatsapp el meme viral en el país y la región: una bandera española con el escudo tuneado en la que el lugar del monárquico y constitucional lo ocupan la mano y el fusil de asalto del Partido de Dios. Pero no es cierto que sólo celebran ellos, la victoria española es interconfesional. El apoyo del Gobierno español a la causa del Estado palestino no se olvida en esta parte del mundo, por lo que la guasa libanesa convirtió a la selección en el ejército desarmado, que diría Manuel Vázquez Montalbán, de Palestina y las resistencias varias en su enfrentamiento contra Argentina en el corazón del Imperio en presencia de Donald Trump.
La rojigualda está aquí libre de prejuicios. Aquí es la bandera del mejor fútbol del mundo y la de un país que cae muy bien. La hemos visto decorando cafeterías y tiendas de ultramarinos y asomando por las ventanillas de los coches durante todo el Mundial en competición con la argentina, la brasileña, la alemana y la francesa. O sea, los principales países de la diáspora libanesa. También pintada en los rostros de los jóvenes de Gaza y de Cisjordania, donde los nuevos reyes del mundo les dibujaron la primera sonrisa en mucho tiempo. Como en otros muchos puntos de la región, los marroquíes también se echaron a la calle para celebrar la segunda estrella de España como sucedió hace 16 años.
«Sois como los libaneses. Alegres, os gusta disfrutar la vida y físicamente somos indistinguibles. ¡No te olvides de que Cádiz es fenicia, es nuestra!», me recuerda Hassan en un bar del barrio de Hamra, donde suena una canción flamenca en homenaje a la Roja. «Caemos bien. Es nuestro mejor activo como españoles», me aseguró en Londres, casi como lección de vida, el veterano corresponsal Íñigo Gurruchaga semanas después de nuestra victoria en la Eurocopa de 2012.
Somos un pueblo simpático en estas tierras de Oriente. Y también un espejo en que estos pueblos se miran con una mezcla de admiración y envidia. Que no es poco en un mundo desabrido y triste como el que se nos está quedando. Gran parte de la responsabilidad de la reciente ola de simpatía la tiene, sin duda, el posicionamiento público del gobierno actual en relación a la cuestión palestina. Pero esa simpatía va mucho más allá de la penúltima guerra regional. Una parte importante de la culpa la tienen el Real Madrid y el Barça, los mejores embajadores de la «marca España», cuyas camisetas lucen tanto los niños de la más remota aldea del Atlas como de la más polvorienta de las escombreras de Gaza cuando juegan a la pelota. ¿Cuántas veces la misma pregunta, en un control de la policía marroquí en la ruta de Marrakech, en un chequeo de los militares sirios camino de Damasco, en las terrazas de los cafés de El Cairo, Amán y Casablanca: «¿Barça o Real?».
La música en nuestra lengua, las series españolas de Netflix. La realidad de un país poco relevante en la escena geopolítica y al que por ello no se le relaciona con guerras y otros hechos desgraciados del mundo actual. En el Líbano además hay que tener en cuenta el respeto que se tiene por la labor que desde hace casi dos décadas han desempeñado los sucesivos contingentes españoles en la fuerza de paz de la ONU en el país levantino.
Aunque ninguno es el mérito más que compartir ciudadanía con los jugadores -paisano de Fabián, Gavi y Jesús Navas-, uno sabe que seguirá recibiendo las felicitaciones en cualquiera de los países vecinos que uno frecuente en las próximas semanas y meses gracias al desempeño de nuestra selección. Si Josep Pla hubiera preguntado por quién pagó los fuegos artificiales en homenaje a España, su amigo y filósofo Francesc Pujols dejó escrito aquello de que «llegará un día en que los catalanes, por el solo hecho de serlo, irán por el mundo y lo tendrán todo pagado». Quizá no todo pagado, pero sí estamos seguros de que durante una buena temporada la primera taza de té y una sonrisa correrán a cuenta de nuestros amigos de Oriente gracias a los nuevos reyes del mundo futbolístico liderados por Luis de la Fuente.
La victoria de la Roja en la zona es interconfesional. La rojigualda está libre de prejuicios y España, más allá de la cuestión palestina, cae bien
En la madrugada del pasado lunes, en Beirut, la capital del Líbano, a más de 9.000 kilómetros de distancia de Nueva Jersey, el cielo del puerto se iluminó con tres salvas de fuegos artificiales. «Ha durado poco, pero es lo que hay, no nos sobra el dinero. Al menos sabemos que no es la guerra otra vez», ironiza Chloe, fotógrafa libanesa, desde la terraza del apartamento donde hemos visto el partido.
Suenan los cláxones y desde la altura reconocemos las banderas de España ondeando por las ventanillas de varios coches. «Los que están por ahí celebrándolo son los de Hizbulá», me advierte Ali mientras me muestra en Whatsapp el meme viral en el país y la región: una bandera española con el escudo tuneado en la que el lugar del monárquico y constitucional lo ocupan la mano y el fusil de asalto del Partido de Dios. Pero no es cierto que sólo celebran ellos, la victoria española es interconfesional. El apoyo del Gobierno español a la causa del Estado palestino no se olvida en esta parte del mundo, por lo que la guasa libanesa convirtió a la selección en el ejército desarmado, que diría Manuel Vázquez Montalbán, de Palestina y las resistencias varias en su enfrentamiento contra Argentina en el corazón del Imperio en presencia de Donald Trump.
La rojigualda está aquí libre de prejuicios. Aquí es la bandera del mejor fútbol del mundo y la de un país que cae muy bien. La hemos visto decorando cafeterías y tiendas de ultramarinos y asomando por las ventanillas de los coches durante todo el Mundial en competición con la argentina, la brasileña, la alemana y la francesa. O sea, los principales países de la diáspora libanesa. También pintada en los rostros de los jóvenes de Gaza y de Cisjordania, donde los nuevos reyes del mundo les dibujaron la primera sonrisa en mucho tiempo. Como en otros muchos puntos de la región, los marroquíes también se echaron a la calle para celebrar la segunda estrella de España como sucedió hace 16 años.
«Sois como los libaneses. Alegres, os gusta disfrutar la vida y físicamente somos indistinguibles. ¡No te olvides de que Cádiz es fenicia, es nuestra!», me recuerda Hassan en un bar del barrio de Hamra, donde suena una canción flamenca en homenaje a la Roja. «Caemos bien. Es nuestro mejor activo como españoles», me aseguró en Londres, casi como lección de vida, el veterano corresponsal Íñigo Gurruchaga semanas después de nuestra victoria en la Eurocopa de 2012.
Somos un pueblo simpático en estas tierras de Oriente. Y también un espejo en que estos pueblos se miran con una mezcla de admiración y envidia. Que no es poco en un mundo desabrido y triste como el que se nos está quedando. Gran parte de la responsabilidad de la reciente ola de simpatía la tiene, sin duda, el posicionamiento público del gobierno actual en relación a la cuestión palestina. Pero esa simpatía va mucho más allá de la penúltima guerra regional. Una parte importante de la culpa la tienen el Real Madrid y el Barça, los mejores embajadores de la «marca España», cuyas camisetas lucen tanto los niños de la más remota aldea del Atlas como de la más polvorienta de las escombreras de Gaza cuando juegan a la pelota. ¿Cuántas veces la misma pregunta, en un control de la policía marroquí en la ruta de Marrakech, en un chequeo de los militares sirios camino de Damasco, en las terrazas de los cafés de El Cairo, Amán y Casablanca: «¿Barça o Real?».
La música en nuestra lengua, las series españolas de Netflix. La realidad de un país poco relevante en la escena geopolítica y al que por ello no se le relaciona con guerras y otros hechos desgraciados del mundo actual. En el Líbano además hay que tener en cuenta el respeto que se tiene por la labor que desde hace casi dos décadas han desempeñado los sucesivos contingentes españoles en la fuerza de paz de la ONU en el país levantino.
Aunque ninguno es el mérito más que compartir ciudadanía con los jugadores -paisano de Fabián, Gavi y Jesús Navas-, uno sabe que seguirá recibiendo las felicitaciones en cualquiera de los países vecinos que uno frecuente en las próximas semanas y meses gracias al desempeño de nuestra selección. Si Josep Pla hubiera preguntado por quién pagó los fuegos artificiales en homenaje a España, su amigo y filósofo Francesc Pujols dejó escrito aquello de que «llegará un día en que los catalanes, por el solo hecho de serlo, irán por el mundo y lo tendrán todo pagado». Quizá no todo pagado, pero sí estamos seguros de que durante una buena temporada la primera taza de té y una sonrisa correrán a cuenta de nuestros amigos de Oriente gracias a los nuevos reyes del mundo futbolístico liderados por Luis de la Fuente.
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